¿Ser feliz es una elección?

La felicidad puede ser analizada desde la perspectiva de “vivir coherentemente con una autoestima saludable y asumir la responsabilidad personal de nuestra propia existencia”, tal como lo plantea Nathaniel Branden. Desde esta perspectiva, resulta indispensable elegirnos a nosotros mismos como protagonistas activos de nuestro propio bienestar.

Sin embargo, no siempre consideramos posible hacerlo, debido a que concebimos el hecho de “estar bien” como algo ajeno a nuestras posibilidades de elección. La convicción de que los factores externos o materiales de la realidad determinan quiénes somos, qué sentimos y qué podemos merecer nos lleva a considerar la felicidad como un estado emocional inesperado. A ello se suma la idea de postergar las necesidades personales en aras de los demás como signo de bondad o merecimiento.

No obstante, la vida y la naturaleza demuestran que no siempre es más feliz quien más se sacrificó, se entregó o contó con los recursos suficientes para salir adelante. Muchas personas dotadas de especial talento, moralidad, beneficios u oportunidades sobresalientes experimentan una existencia desdichada. Mientras tanto, otras, aun encontrándose en condiciones realmente adversas, con personalidades más censuradas por la sociedad o consideradas menos idóneas en relación con sus capacidades, manifiestan sentirse satisfechas con su vida.

Esta aparente disparidad permite considerar la posición respaldada por la neurociencia durante las últimas décadas, según la cual “la felicidad es una experiencia emocional y un estado de bienestar sostenido por la sincronización de redes neuronales y procesos bioquímicos, que pueden ser estimulados a través de diferentes estrategias científicas”.

Desde esta perspectiva, el registro de memorias positivas, la adquisición de hábitos orientados a optimizar la transferencia de neurotransmisores y la realización de actos altruistas a partir de un propósito constituyen elementos fundamentales para favorecer la felicidad. Estas estrategias permiten comprender que el bienestar no depende exclusivamente de las condiciones externas, sino también de procesos internos que pueden ser estimulados y cultivados.

Sin embargo, esta visión acerca de cómo fomentar nuestra felicidad puede perder coherencia práctica si no nos aproxima a una consciencia inteligente de un universo creado a través de una energía fundamental llamada “amor”. Desde esta concepción, el amor constituye una dimensión de la cual se desprende el sentido invisible de aquello que posteriormente se hace tangible en el mundo a través de una forma determinada. Es también aquello que puede conducirnos a experimentar paz, satisfacción y el deseo de compartir lo recibido para contribuir al crecimiento personal de los otros.

En consecuencia, ser protagonistas activos de nuestra propia felicidad implica también confiar más en el amor que nos inspira a ser más íntegros y completos por dentro, en lugar de otorgar un valor absoluto al miedo paralizante producido por la incertidumbre y por la ausencia de certezas frente a la realidad externa.

La felicidad genuina implica, por tanto, asumir una relación consciente con nuestra propia existencia. No se trata únicamente de alcanzar determinadas condiciones materiales o de evitar las dificultades, sino de desarrollar la capacidad de asumir la responsabilidad personal, cultivar experiencias y hábitos que favorezcan el bienestar y encontrar un sentido que trascienda las circunstancias inmediatas.

En este sentido, como plantea Erich Fromm en su obra El miedo a la libertad, la felicidad implica vencer el miedo a la responsabilidad. Asumir dicha responsabilidad supone reconocernos como participantes activos de nuestra propia existencia y comprender que, aunque no podamos controlar todas las circunstancias externas, sí podemos desarrollar una manera consciente de relacionarnos con ellas.

Así, la felicidad puede comprenderse como una experiencia en la que convergen la autoestima saludable, la responsabilidad personal, los procesos emocionales y biológicos, los hábitos, el altruismo, el propósito y el amor. Desde esta perspectiva, ser feliz no significa negar la realidad ni desconocer sus dificultades, sino asumir la posibilidad de participar activamente en la construcción del propio bienestar. 

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